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Mi vida y el Clonazepam.

Diciembre, 2025.

Mi vida y el Clonazepam, una batalla silenciosa.

Recomendación general: Puedes leer este post en el dispositivo de tu preferencia, sin embargo, se aprecia mucho mejor en ordenadores y tablets.

En las primeras 5 entradas que he subido a este blog, me he dedicado a postear temas relacionados con: futbol, viajes, música, películas y geopolítica. Hoy dedicaré este post a la salud mental, “mi salud mental”.

 Para poder hablar a título personal sobre este tema, tengo que hacer una catarsis retrospectiva; quizá, de esta manera, pueda justificar por qué rayos tengo una relación tan particular con este medicamento.

 La verdad es que fui un niño afortunado y amado, no crecí entre lujos, pero tampoco hubo un estado de carencias en mi hogar. De hecho, soy el menor de 4 hermanos por parte de madre y el mayor de tres por parte de padre —soy el hijo bastardo, dirían en una de esas series o películas al estilo Game of Thrones—. Soy fruto de padres separados, pero no tengo ningún tipo de complejos con esto.

Crecí entre mujeres, pues mis dos hermanos varones “los mayores” estaban bien ocupados trabajando para mantener a sus florecientes familias durante la juventud de sus 20. Yo fui criado por mi madre y mis dos hermanas. De niño conocí a mi progenitor; mamá y papá tenían una relación cordial y diplomática a pesar de su separación. Sin embargo, la presencia de mi padre en casa era como la temporada de huracanes en Florida; debido a esto, no tuve una figura paterna en el hogar durante mi infancia. No puedo decir lo mismo de mi adolescencia, pues años después uno de mis hermanos asumiría ese rol, pero todavía no quiero platicar sobre ello.

 Mi niñez fue relativamente feliz, y no digo completamente “feliz” por dos aspectos fundamentales:

1. Creo que no existe el “completamente” en ningún aspecto de la vida.

2. Arrastro traumas que no me apetece contar en este momento.

Más allá de lo anteriormente dicho, puedo decir que también tengo lindos recuerdos. Quizá el primero de ellos es una memoria muy lejana en mi cumpleaños #2 o #3, en el parque Maltín Polar. Recuerdo algunos niños, también a mi madre con un vestido de flores y a mi padre con un blazer de color azul. Recuerdo algunas atracciones de ese lugar y a mí mismo con los ojos llorosos porque no podía romper la piñata o algo así. Papá nos abandonó cuando yo era muy niño; sin embargo, no tengo ni un atisbo de resentimiento por ello. Es mi padre y lo amo, así de simple.

Años después de la ruptura entre mis progenitores, mamá se relacionó con un hombre de Valencia. Le recuerdo muy gentil y amable; también recuerdo a mi mamá rompiéndole las pelotas de vez en cuando por tonterías relacionadas con celos o qué sé yo. A este punto es necesario decir que amo a mi madre en alma, vida y corazón, pero hoy, en mi perspectiva de adulto, algo me dice que no era una mujer fácil de llevar. También solía ser una mujer con demasiados problemas de salud, “igual que yo”. Mamá sobrevivió a dos infartos y aun así siguió trabajando fuertemente para sacarnos adelante.

En los años 80 y 90, mamá vendía ropa y mercancías de contrabando que llevaba de Cúcuta “Colombia” a San Cristóbal “Venezuela”. Gracias a ese trabajo, me daba de comer y de vestir; era una mujer independiente que no le tenía miedo al trabajo. De niño o adolescente es difícil dimensionar esos esfuerzos; sin embargo, viendo todo en retrospectiva, reconozco que, aunque obstinada y muchas veces hinchapelotas, fue extremadamente valiente.

La verdad es que tengo lindos y malos recuerdos como todo el mundo. Recuerdo algunos amigos de la infancia, gente muy querida como mi padrino Marcial y mi madrina Eddy, entre otros. A los 6 años fui a la escuela primaria; no sabía leer ni escribir. “Vaya problema”… Un día me entregaron los resultados de un examen, un “01”, e inmediatamente comencé a llorar porque sabía lo que me esperaba en casa por parte de mi madre. “No la juzgo, de hecho, algunas veces hago chistes sobre ello”; el caso es que mamá me crio en parte como lo hicieron con ella. El castigo físico era trending topic en los 80. “Por esa razón los milenials somos gente útil.

Las calificaciones en mi país de origen son del 01 al 20. Hay también un punto intermedio que es 9.5 —si obtienes esa calificación quiere decir que has pasado en la cuerda floja—. El caso es que, después de mi 01 y la tanda de “chuco” que me esperaba en casa, llegó un niño, su nombre es “Rey” y su maldito apodo “Pilón”, a restregarme sus 20 puntos en la cara porque él sí sabía leer y escribir. La frustración que sentí me llevó a arrugar la hoja de su examen y arrojarla al suelo, razón suficiente para animarle a tomar un lápiz afilado y clavarlo en la palma de mi mano izquierda.

Este elemento con patas vivía en el mismo vecindario que yo —desde ese día lo odié para siempre como odio a cada persona que me ha lastimado de forma consciente—. Hago lo que puedo por vivir de forma tranquila y amistosa, pero es verdad que también conozco el odio puro, genuino y visceral por todos aquellos que alguna vez me dañaron a propósito. No lo puedo evitar, es simplemente un sentimiento humano.

Psicólogos, psiquiatras, religiosos y hasta los estafadores del “coaching” suelen decir que hay que soltar esas cosas para poder sanar, para vivir en paz, para perdonar al otro y así poder perdonarte…

¿Acaso acabo de escribir perdonarte?

“Perdonarte mis huevos”. No soy el tipo de persona que piensa en venganzas al estilo de telenovela, pero tampoco niego desear las peores maldiciones a quienes me hicieron cosas que son imposibles de reparar. Llegados a este punto alguien podría decir: “Es normal que Álvaro necesite el clonazepam”; sin embargo, la medicina no es para eso. Más bien funciona como una especie de cortafuegos para mitigar ciertos estados que explicaré más adelante. Además, solo alimento este tipo de pensamientos en contra de quienes me han lastimado a conciencia. Por todo lo demás, suelo ser una persona buena, amable, educada, respetuosa y amorosa. Intento vivir con mis luces y mis sombras, una suerte del Dr. Jekyll y Hyde.

– Cucho: Tres hebras de cuero trenzadas que se usan para arrear el ganado.

A continuación, me gustaría graficar “de peor a no tan peor” como se sienten los estados mentales que me llevaron a tener que medicarme.

  • Ataques de pánico. “Mierda total” 100% 100%
  • Despertar ahogándome de madrugada. “Una basura” 100% 100%
  • Crisis de ansiedad. “Mierda compleja de manejar” 95% 95%
  • Crisis de insomnio. “Algo muy horrible” 90% 90%
  • Ruido mental. “Difícil de explicar con palabras” 85% 85%
  • Mala gestión de autocontrol bajo presión. “Horrible” 80% 80%
  • Dibujitos infantiles. “No me ayuda, pero me entretiene” 100% 100%

 

“Con los párpados pegados, por un sueño postergado nos cansamos de luchar… Demasiada camiseta y cada vez menos gambeta, la sonrisa cuesta más, de que país estoy hablando las neuronas van marchando, mucho traje de fajina pero sobra cocaína”
Fragmento de la canción Clonazepam y Circo. Andrés Calamaro.

El ruido mental y la larga noche de los 500 años.

Dejando el odio de lado, me fastidia aceptar que soy presa de un gran ruido mental. A veces tengo tormentas de pensamientos, recuerdos, canciones, noticias, preocupaciones y un mundo de preguntas que vienen a mí en momentos en los que preferiría estar en mansedumbre. Me cuesta dormir, sufro de insomnio desde hace muchísimos años. Dicho sea de paso, el COVID-19 llegó a mi vida solo para empeorar mi condición de sueño con episodios de pánico y ansiedad desproporcionada en mis horas de descanso.

Algunas veces paso las noches en vela de forma cíclica; es frustrante ver cómo se seca la pintura en el techo. Es jodido sentir que estás atrapado en una maratón de vueltas en la cama, pensando en todo y nada a la vez…

¿Algunos ejemplos? Why not?

 — ¿Quién fue primero, el huevo o la gallina?

— ¿Quién fue el responsable de la masacre de Ruanda, los hutus o los tutsis?

— ¿Por qué carajos cayó el precio de Bitcoin si el RSI estaba en precios de sobreventa?

— ¿Por qué mi mamá no me compró el piano que tanto le pedí cuando era un niño?

— ¿Quién cuidará de mí cuando sea un viejo?

— ¿De qué o cómo moriré?

— ¿Por qué razón mi salud es tan frágil?

— ¿Por qué no tuve hijos?

— ¿Por qué abandoné a mi mascota?

— ¿Por qué el Manchester United no gana?

— ¿Por qué desperdicié tanto tiempo precioso en mi juventud?

Y un millón de cuestiones que parecen viajar a la velocidad de la luz dentro de mi mente, una máquina neural que simplemente no calla, cuando la verdad es que preferiría descansar.

Mi hermana mayor tuvo una hija cuando yo tenía unos 7 años. Su nombre es “Anyeli”. Ella y yo nos criamos juntos; soy su tío, pero éramos como hermanitos. Anyeli murió de una extraña enfermedad en 2016, “algo que la consumió en una semana”, y, al día de hoy, no terminamos de entender qué fue lo que pasó.

Tengo recuerdos maravillosos de ella; fuimos un par de niños cómplices e inseparables. Recuerdo que mi hermana mayor llegaba de trabajar y nos llenaba de golosinas. Peleábamos y nos reconciliábamos en 30 minutos. Jugábamos a los conciertos y a la lucha libre. Saltábamos tanto en las condenadas camas que una vez terminamos rompiendo una de ellas, y estábamos cagados del susto. Le metimos unas latas de pintura por debajo para poder soportar el peso de las personas que allí dormían, y solo se dieron cuenta de nuestra travesura meses después, cuando querían limpiar y reorganizar la habitación.

En nuestras respectivas adolescencias fuimos rebeldes. Tengo un millón de recuerdos de ella, pero hay dos en particular que, siempre que llegan a mí, me ponen los ojos aguados y la piel de gallina.

Una vez Anyeli me hizo enojar porque no me quería dejar usar la computadora. Su comportamiento a veces era rebelde y pesado. Ante su negativa de soltar el equipo, yo le di una cachetada y la hice llorar… ¡mierda, ahora lo hago yo! Donde sea que esté su espíritu ahora, solo puedo decir: “Perdón”. —Fui tonto, egoísta y agresivo—. Quisiera borrar el pasado, pero es simplemente imposible.

Tiempo después, cerca de mi edificio en el “bloque 5” de Pirineos 2, un chico intentó agredirme. Anyeli estaba jugando con alguien más en la calle y, al darse cuenta de lo que estaba a punto de sucederme, corrió hacia mí para defenderme. Ella se interpuso entre el agresor y yo. La verdad es que me salvó de una buena paliza porque el otro adolescente era mucho más grande y fuerte que yo.

  • Mi sobrina-hermana tenía un carácter explosivo y rebelde; también era muy graciosa en ocasiones. Solíamos reír por bobadas que quizá no hacen gracia a otros.
  • Anyeli se fue de este mundo antes de los 30. Nos dejó una parejita de hermanos que son idénticos a ella. Enhorabuena por nosotros, que podemos disfrutar del regalo que nos dejó antes de partir.

Haré una pausa en este momento, me resulta difícil seguir escribiendo.

Miércoles 26 de noviembre de 2025, 4:34 PM.

Haciendo jetas después de alimentar los peces.

Sábado 29 de noviembre, 7:10 PM.

Durante mis años de adolescente solía ser un rebelde sin causa —me disculparán los saltos cronológicos; estoy haciendo esta catarsis conforme llegan las ideas a mi mente—. Mi mamá tenía una salud muy frágil, y yo aproveché el momento para hacer lo que se me dio la gana. No quería estudiar, no quería trabajar; solo estar en la calle viviendo a mi manera, expuesto al mundo.

Yo reprobé el segundo año del bachillerato y dije “no más”. Para ese entonces, mi mamá se encontraba en una habitación del Centro Clínico, recuperándose de un infarto. “Yo iba un poco a la deriva”; mis hermanos, ocupados en sus cosas, no tenían mucho tiempo para lidiar con un granuja como yo en ese momento. De seguro estaban más preocupados por los cuidados de mi madre, y agradezco que haya sido así.

Dejé de estudiar un año; luego accedí regresar a la escuela bajo mis propios términos. A la edad de 15 o 16, fui a estudiar en un esquema nocturno de “parasistema”. Este ambiente no me gustó en absoluto; yo solo era un escuincle adolescente rodeado de cachifas, malandros e inadaptados… Mi rebeldía era una flor de color rosa en comparación con la gentuza que se matriculaba en ese tipo de escuelas, de forma tal que abandoné mis estudios una vez más.

Ya había perdido 2 años intentando cursar el segundo año de bachillerato. A eso debo sumar un año más que perdí en la primaria, “primer grado”. Un día mi hermano mayor me dijo: “Necesitamos hablar”. Accedí a esta conversación entre hermanos, en donde hubo una petición simple, pero tajante: “Regresas a la escuela tradicional o te mando al ejército”. Tres meses después estaba matriculado en la escuela Carlos Rangel Lamús, cursando segundo año de bachillerato con 17 años.

Es vergonzoso recordar que yo solía ser una piña en el trasero con los más débiles, ya fuese en casa con mi familia o con mis compañeros de escuela. No digo lo mismo de mi hermano mayor porque él sí me frenteaba como era, y le doy gracias por su paciencia, por su amor de padre para conmigo, por cada regaño y por templarme las orejas una vez que hice llorar a mi madre a causa de mi comportamiento.

Conocí el alcohol a los 13 o 14 años; mi primera buena borrachera fue a los 15: vomité en el baño, etc. Conocí las drogas antes de los 18, pero estas no me gustaron. No creo haber consumido marihuana más de 10 veces en mi vida, y al día de hoy se me hace una sustancia sumamente detestable. Su efecto me ahuyentó, su olor es asqueroso, y mi percepción sobre quienes la consumen es en ocasiones de prejuicio —como si yo fuese un ejemplo de algo, jaja—. Ojalá pudiera decir lo mismo del “licor”; esa mierda sí que fue un monstruo ctónico para mí. Tuve problemas horribles con mi forma de beber, pero no es mi intención hablar de ellos en este post.

Sorprendentemente, en cuarto y quinto año me convertí en un buen estudiante, pero no dejaba de bulear a otros, actos que no me enorgullecen en absoluto. Al finalizar mi bachillerato, a los 20 o 21 años, les dije a mis padres y hermanos: “Aquí está su cartón, no me jodan más”. Sin embargo, tampoco me convertí en un vago sin rumbo; lo que hice fue ponerme a trabajar en la empresa de mi hermano. Al principio fue duro, pero al ganarme su confianza fui escalando peldaños con el tiempo.

Fueron días buenos en términos de dinero; sin embargo, lo desperdiciaba todo en licor… “Aquí se me ocurre una pregunta”

¿Acaso pude librarme de este problema y ser una persona mejor?

La respuesta es sí. La vida me lanzó un salvavidas, pero como dije antes, no quiero hacer mucho énfasis sobre el tema del alcohol en este post.

A los 26 años tenía un trabajo estable, con dinero en el banco, pero también una vida muy solitaria. Pasé muchísimo tiempo culpándome por perder a mi mejor amigo en líos de faldas; mi oficina era en ocasiones monótona y desolada. Por esos días tuve mis primeros acercamientos psiquiátricos y fui medicado con Rivotril y otras drogas clínicas para tratar mis problemas de sueño. Esta época marcó un punto crucial en mi existir, pues, cansado de estar encerrado en la empresa de mi hermano, tomé la decisión de matricularme en la Universidad de Los Andes “Venezuela”. Este acto fue casi un clamor del alma, una necesidad de interacción con personas que no formaran parte de mi círculo laboral.

Siendo la mano derecha de mi hermano, me costó mucho trabajo expresar mis intenciones de abandonar mi puesto laboral en su empresa; sin embargo, cuando lo hice, su respuesta fue: “Escoja la universidad de su preferencia, yo la pago”. —La verdad es que no le hice pagar ninguna matrícula—. Lo que hice fue prepararme por meses para presentar una prueba y entrar becado a la universidad. De las 1200 o 1500 personas que se presentaron para la prueba de admisión, califiqué en el puesto número 35 de 75 plazas disponibles o algo así.

La universidad mitigó por años mis problemas asociados a los trastornos de sueño; sin embargo, era un poco ansioso, rebelde, egocéntrico, bully e inmaduro. Todo esto contrastado al hecho de que me convertí en un estudiante sobresaliente, tanto así que me gradué con honores, algo que quizá nadie esperaba.

Esta imagen me costó una semana de gripe. La capturamos a las afueras de la ciudad en donde resido. 

Al salir de la universidad tomé un postgrado en Integración Regional y Fronteras; también fui a la escuela de cocina por 3 años hasta obtener un certificado como “chef internacional”. Era como si quisiera recuperar todo el tiempo perdido en un abrir y cerrar de ojos. Quizá sin darme cuenta, estaba comenzando a desarrollar síntomas fuertes de ansiedad, neurosis y depresión. Yo me gradué a los 31 años, aunque parecía más un chaval de veintitantos… Era una persona increíblemente inmadura para mi edad; eso me llevó a fracasar en cosas importantes de la vida como trabajo y relaciones afectivas, algo vergonzoso de aceptar, pero es la verdad.

Ya entre mis 34 y 35 años, mis crisis depresivas reventaron por las nubes como una olla de presión llena de gases. Un cóctel perfecto en el camino a la locura que incluía insomnio, ansiedad, delirios, auto-conmiseración, pérdida de la noción de los días, entre otros. Me convertí en un ser nocturno que solo dormía durante las horas diurnas y no se bañaba… Pude durar unos 6 meses en depresión extrema hasta que mis hermanos me sacaron de la habitación en la que estaba, una especie de guarida sucia y desordenada que el ser humano que fui creó en ese momento.

Dando tiempo al tiempo, y aferrándome a la mano amorosa de mi familia, fui saliendo de ese hueco oscuro en el que estaba. Me mudé de país para comenzar de cero. Algunas cosas pasaron durante aquellos días; ese estado de “jet lag” autoinducido que estaba experimentando disminuyó un poco, pero los problemas de insomnio nunca se fueron realmente. No tenía la certeza de querer estar aquí o allá, así que un día cualquiera me vi haciendo planes para ir a Bolivia…

 ¿Por qué a Bolivia?

Pues porque sí. Alguien alguna vez me habló del Lago Titicaca y pensé que tal vez era buena idea. Sin embargo, en los días previos a mi viaje, mi oído derecho dejó de funcionar. Nunca llegué a pensar que fuera algo serio —algunas veces los oídos se tapan por cosas como cambios de presión atmosférica, cerumen, etc.—. La verdad es que no le di tanta importancia y solo fui a la farmacia por unas simples gotas de glicerina. Tres días después, mi oído izquierdo se apagó y quedé sordo por tres meses.

Aunque mi sordera es un tema que da para armar un post completo, solo quiero decir que fueron tres meses de infierno, encierro y por supuesto el regreso de la depresión. — salir a la calle en estado de “mute” es bien peligroso—.

Foto tomada en la Laguna de Mucubají, uno de mis lugares favoritos en Venezuela. “pesaba 20 kilos menos también”

Tomando una frase prestada de algunos miembros de la AA: “Siempre viví mis estados de ansiedad y depresión a palo seco”. De joven nunca tuve disciplina con los antidepresivos ni tratamientos para el insomnio. No me gusta sentir que estoy dopado…

“Pues bien, ¿no te gusta la sopa? “Te pongo dos platos”, me dijo Diosito, el universo, Buda o quien sea que esté a cargo”.

El maldito COVID-19 apareció para joder la vida de millones de seres humanos en todas las formas posibles; yo no fui la excepción. Ya todos saben lo que esta porquería de virus le hizo a la humanidad.

En este punto, quiero hablar de lo que el virus me hizo a mí. Naturalmente me causó todos los síntomas clásicos: dolor de huesos, fatiga, mareos, náuseas, falta de apetito, debilidad extrema, tos, fiebre y por supuesto, desórdenes de sueño. — Más desordenes de sueño—.

Estuve enfermo al rededor de un mes, cuando los síntomas físicos fueron desapareciendo, comencé a darme cuenta de que no quería salir a la calle, cuando lo hacía tenía mareos y fatiga. Por las noches comencé a experimentar más ansiedad de lo normal; luego la ansiedad se convirtió en ataques de pánico, y por ultimo experimenté ataques de asfixia cuando finalmente podía dormir. Mientras escribo esto, recuerdo saltar de la cama de forma abrupta tomando mi garganta con las dos manos, es muy jodido sentir que el aire no baja a través de la tráquea.

Hace unos 5 años estoy medicado con clonazepam para intentar crear una especie de cortafuegos en contra de los siguientes estados: la angustia sin causa, la ansiedad exacerbada, los ataques de pánico que me ponen a hiperventilar, los tics nerviosos, el desarrollo de conductas obsesivo-compulsivas y llanto sin razón aparente.

Imagen del que creí sería mi ultimo vuelo.

La doctora que lleva mi caso me recetó un par de dosis diarias; pero solo consumo la dosis de la noche, entre 4 y 7 gotas para poder dormir bien y amanecer sin resaca. Sin embargo, hay noches —no muchas— en donde he tenido que tomar entre 12 y 15 gotas para apagar el incendio interno que tengo en ese momento.

Me molesta sentir que pierdo el control sobre diferentes situaciones que pretendo manejar, también me cuesta muchísimo trabajo estar bajo presión; cuando esto pasa, entro en crisis y quiero romper cosas. Hace un par de años, el monstruo ctónico que duerme dentro de mi, desato su irá golpeando una pared… Acto seguido un dedo fisurado.

Desde luego no me enorgullece en nada la historia que acabo de confesar, no es ni de cerca un tema de resiliencia porque aún sigo bajo la influencia del medicamento… Esta relación con el “clona” es tan íntima que incluso hablo de él en algunas de mis canciones.

  • El prestidigitador.
  • Los fármacos de redención y el camino a la locura.

En algún lugar de la ciudad de San José Costa Rica

Hace un par de meses me puse en contacto con mi psiquiatra y le dije: “Quiero dejar el clonazepam”. Ella preguntó: “¿Por qué?”. Le respondí que mi cuerpo está comenzando a desear la sustancia en las horas diurnas también. Su plan fue eliminarlo gradualmente, recetándome un antidepresivo, “Fluvoxamina”. Mi lógica —equivocada o no— me dice que esto no es más que substituir una cosa por otra.

Muchas de las personas que me conocen, no tienen ni la más remota idea de estas cosas que vivo de la puerta de mi casa para dentro. Soy una persona callada, reservada, respetuosa, y amigable, sin embargo, estos estados de la mente son una enfermedad silenciosa muy poderosa. Sé que muchos pasan por ella; ojalá no sea el caso de quienes conozco, “pero si es así”, no dejen de escribirme y platicamos. Bien dice mi padrino Miguel Velazco: “La mejor forma de ayudarte es ayudar a otros”.

Quiero finalizar estás líneas, con un texto extraído de lo que alguna vez fue mi diario en la fecha (10 de junio de 2017)

“Si tuviera que describir esta canción en dos palabras le pondría simplemente mi primer nombre y mi segundo apellido: Álvaro Márquez. Pero no es el caso. Ciertamente recuerdo que tuve que hacer un hábito a la codeína para poder quedarme dormido en las noches. Recuerdo que el maldito jarabe era tan potente que diez minutos después de tomarlo ya no me podía mantener en pie y caía noqueado por horas. Muchas veces me iba primero al bar para beber beber Samuel Adams y al regresar usaba la medicina, mezclando así ambas cosas. Sin duda alguna el camino perfecto a la locura y la redención del sueño, al menos eso creo.

Hablo de Jekyll y Hyde porque me tocó vivir una doble vida para no contagiar a nadie de lo que estaba viviendo. Qué difícil es eso, y lo sigue siendo. Al día de hoy no tengo contacto con nadie más que mis familiares. Me desprendí hasta del reloj porque no quiero ver la hora, ni la fecha, ni el día; de hecho, ni siquiera sé en qué mes estoy. Eliminé las redes sociales porque no quiero ver la mentira, la hipocresía y todo lo que parece representar el sucio ser humano, mucho menos las noticias malditas sobre gente y jóvenes que asesinan: amarillismo y sensacionalismo de los medios.

A nivel musical no sabría cómo catalogar el estilo de esta canción. Lo único cierto es que su aliteración es casi perfecta porque absolutamente todo rima y tiene una secuencia coherente. Definitivamente es un rock, pero no sé qué estilo. Yo la tocaría quizá despacio, pero no hay instrumentos, jaja… Un chiste malo solo para recordar que la fortuna y la buena estrella no es para todos.”

—Y de esta forma es como se lee a alguien en depresión, una persona rota y sin cordura de momento—

A continuación les presento

Los Fármacos de redención y el camino a la locura.

Verso 1

He transitado el mundo
Con excesos, desmesuras
De camino a la locura
Mi destino es una suite
Estilo Jekyll y Hyde.

Verso 2

Hoy recuerdo el hielo negro…
Que se quiebra en el suelo
Por mis pasos al marcharme
Con un par de Samuel Adams
Que robé en algún lugar…

Verso 3

Esta extraña redención
La que se cuece en la sustancia
La que evita o la que activa
El epitafio en la canción…
De los mil insomnios.

Verso 4

La sustancia que me entiende
En mis noches insistentes
Maratón de vueltas largas
Y un delirio de perplejidad
En la pintura de mi propio techo…

Coro 1

Los fármacos de redención
Y el camino a la locura
La suerte es una excusa
Consciente – alucinante
En el delirio de un farsante.

Coro 2

Los fármacos de redención
Y el camino a la locura
Mi cuerpo se retuerce
El insomnio me enloquece
Me alejó de todo, perdí la razón.
Mi razón…

Alvaro Smith.

Algunas de mis memorias en 8 instantáneas.

Galería de imágenes e instantáneas en algún lugar, en algún momento.

OASIS live.

Pronto conocerás los detalles de este gran concierto.
Mi Blog

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Una ventana personal de relatos, análisis y opiniones que abarcan diferentes cuestiones sobre viajes, películas, música y cosas de carácter más serio que buscan conectar e inspirar a otros.

Franja de Gaza hoy.

Franja de Gaza hoy.

Cuando pienso en Gaza después del 7 de octubre de 2023, no lo hago como analista, ni como político, ni como experto militar; tampoco como periodista, porque no lo soy, ni siquiera sé cómo citar correctamente. Lo hago como una persona normal que ve las noticias, que se confunde, que se indigna por lo que pasa aquí o allá y que, al mismo tiempo, intenta sostener dos ideas a la vez:

1. Lo que hizo Hamás en Israel fue un acto brutal e injustificable.
2. La respuesta del gobierno de Netanyahu ha convertido la vida de millones de palestinos en una tragedia humanitaria casi imposible de describir.

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The man in the high Castle.

The man in the high Castle.

Lo primero que tengo que decir sobre este post es que lo escribiré con guantes de seda, a fin de evitar cualquier spoiler que pueda arruinar la curiosidad de aquellos que quieran darle una oportunidad a esta especie de drama. Dicho lo anterior, la primera vez que me topé con The Man in the High Castle, serie basada en la novela de Philip K. Dick, no fue por recomendación ni por casualidad. Simplemente me encontraba haciendo zapping dentro de mis plataformas de streaming y encontré esta joya de “historia ficción y distopía”.

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¿Qué le pasa al United?

¿Qué le pasa al United?

Desde la salida de Sir Alex Ferguson, el Manchester United vive una más de una década de trofeos escasos, desorden y días de decadencia.
En esta entrada estaré platicando y analizando de forma cronológica, cómo las decisiones erróneas de los Glazer, la inestabilidad técnica y la mala gestión de Sir Jim Ratcliffe han llevado al club más grande de Inglaterra a su peor crisis moderna. Un divorcio de nuestros días de gloria.

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